Llaman crisis a no gastar sin ton ni son. Sí, ya sé que cuando se habla de crisis se apunta sobre todo al desempleo y a la hipoteca frustrada.
Pero eso es una pequeña parte de la cuestión. En la recesión, en “la crisis”, el sistema se tambalea por el hundimiento de emporios provocado por el maremoto financiero en Norteamérica cuya resaca termina en Europa y al final en España, campeona de la trapisonda y del chanchullo. La “crisis” propiamente dicha no es más que una cadena de lucros cesantes con la secuela luego de la sangría del empleo. Después de eso, o además de eso, la crisis sigue siendo un sarcasmo, unas “no ganancias” de los poseedores de la Tierra, de los grandes propietarios, de las grandes superficies que acusan el retraimiento de la demanda. De la demanda, sí, pero de cosas superfluas. ¿Acaso se construían masivamente en España, por ejemplo, pisos baratos, viviendas sociales? ¿Acaso íbamos en pos de la máxima igualdad en el sistema antes de producirse la “hecatombe”?
En efecto. Llaman crisis a no hacer gastos superfluos, porque de los gastos suntuarios, superfluos por definición, no se privan los millonarios. Ni el lujo ni los lujuriosos se resienten de la crisis, y por supuesto tampoco del desempleo porque ellos son los que emplean y son causantes, directos o indirectos, de la debacle... de ellos. La mayor parte de la población tiene lo que tenía, y ese 20 por ciento de la población española que está en el umbral o vive de lleno en la pobreza, ya vivía en crisis permanente.
Por consiguiente la crisis económica es una entelequia, un concepto abstracto asociado a la sensación de estar perdiendo pie, el equilibrio. Nada más. Y puesto que no afecta ni a los ciertamente pobres porque ya vivían con ella, ni a las grandes masas de población porque se mantienen, ni a los ricos, sólo y exclusivamente es cosa de avaros… Llaman perder a no seguir los ricos llenándose los bolsilllos a costa de los que no lo son. Sólo eso.
La masa del Primer Mundo no tiene dinero para hacer gastos que sobran, gastos caprichosos. Vivía por encima de sus posibilidades, por encima de lo razonable. La gente no tiene, ni tenía, dinero, por ejemplo, para cambiar de coche cada año, ni para cambiar de televisor cada mes, ni para comer en restaurantes de cinco estrellas que siguen abarrotados de opulentos. Pero no pasa nada que nos deba consternar. Sigue la bola… Todos seguimos viviendo con una carga que no existiese ya, el desigual reparto de la riqueza y del crédito. Una carga añadida que o no existe más que en la cabeza o sólo cobra interés por la estadística.
Sí, porque el capitalismo hace de todo estadística y vive de la estadística. Puede morirse de hambre un ser humano, aquí o a seis mil kilómetros de distancia, a cuenta del sistema, pero ¡qué importa, si a su lado otros 9 consumen neciamente! Qué sin sentido -incluso no lo entienden muchos de la más avanzada izquierda- reviste hoy día la sentencia de Voltaire: “la libertad de todo un pueblo no justifica el derramamiento de una sola gota de sangre”.
Pero eso sí, este sistema se puede permitir que un club de fútbol se gaste en la compra de un futbolista una cifra que permitiría cubrir el paro de 10.000 personas todo el año. (Se trafica, por cierto, con los futbolistas como se traficaba con los gladiadores y los esclavos).
Lo que quiero decir, la tesis, es que al final la crisis no existe. Nadie la vive en realidad. Ni los ricos, ni la “mayoría” de las poblaciones occidentales, aun sin empleo, y menos los pobres. La crisis es un invento más del capitalismo para purgar ideológicamente sus miserias y drenar sus tejemanejes por las cloacas. Purgarse es una necesidad biológica, pero también una “necesidad” del sistema y del mercado.
¡Ah! el mercado y las libertades formales que, privados de los bienes esenciales, tampoco tienen los pobres. ¡Ah! la libertad política y económica por encima de todos, caiga quien caiga... Menos mal que nos queda la libertad desnuda, la interior, esa que nadie nos puede arrebatar; la tenemos en toda circunstancia, en la democracia falseada, en la cárcel o en las dictaduras, con crisis y sin crisis, quiera o no quiera el opresor…
Autor: Jaime Richart
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