Obama: El gran fraude

El “progresismo demócrata”

[...] la lucha por la igualdad racial y sexual –cuyo éxito relativo se ve encarnado en el Partido Demócrata de los últimos seis meses– no desembocó en una mayor igualdad económica. Por el contrario, ha demostrado ser compatible con una mayor desigualdad en la materia y con la formación de una sociedad más elitista . En el fondo, esto se explica por el hecho de que las luchas antirracistas y antisexistas no tuvieron como objetivo principal construir una sociedad más igualitaria, ni siquiera atenuar o eliminar la distancia entre la elite y el resto de la sociedad. Con más frecuencia, de lo que se trató fue de diversificar la elite, lo cual contribuyó a legitimarla.
Es por eso que medidas como la affirmative action en la admisión a la universidad desempeñan un papel simbólico tan esencial para los progresistas estadounidenses . Ese tipo de medidas garantiza que nadie sea excluido de lugares como Harvard o Yale por motivos ligados a prejuicios o a la discriminación. Con ello, se sienten libres para no modificar el mecanismo esencial de exclusión: la riqueza. Según el famoso comentario de Richard Kahlengerg, uno tiene “veinticinco veces más posibilidades de encontrar un estudiante rico que un estudiante pobre” en los 146 establecimientos de enseñanza superior de elite estadounidenses. No porque los estudiantes pobres sean víctimas de una discriminación, sino porque son pobres. No recibieron el tipo de educación ni gozaron de las condiciones materiales que les permitieran postularse con alguna posibilidad de éxito al ingreso a los establecimientos de elite, menos aun a seguir una carrera allí.
La affirmative action nos dice que el problema es el racismo. Y que la solución consistiría en que figuraran todos los colores entre los hijos y las hijas de los ricos. Esta definición de la “solución” se prolonga en la actividad profesional, ya que la lucha por la diversidad continúa entre los abogados, los profesores, los periodistas y todos los demás gremios que gozan de estatutos e ingresos suficientes para tener acceso a las filas de la elite. El objetivo, entonces, consiste en imponer un modelo de justicia social que descanse sobre una representación proporcional de la raza y el género. Lógicamente, quien desee la aparición de una elite más diversificada difícilmente pueda imaginar algo mejor que la elección de un presidente negro. Elegir una mujer para la Casa Blanca vendría justo después.
Si, en cambio, el objetivo es atacar las desigualdades que realmente existen (ingresos y fortuna) más que aquellas cuya presencia estamos dispuestos a admitir (“raza” o género), si la ambición apunta a apoyar un programa político que aborde las desigualdades que han engendrado no las discriminaciones (que, después de todo, en los Estados Unidos de hoy se han convertido en nuevas formas de selección), sino el neoliberalismo (que se encuentra en el origen mismo de la selección), entonces ni el candidato negro ni la senadora blanca tienen mucho para ofrecer.
Porque hay allí dos demócratas incapaces de admitir públicamente (basta con ver su último debate, en abril) que los estadounidenses que ganan entre 100.000 y 200.000 dólares por año ya no pertenecen a la “clase media” sino a las clases superiores. Clinton se comprometió a “no aumentar un solo impuesto que afecte a los estadounidenses de las clases medias, cuyo ingreso anual sea inferior a 250.000 dólares”; Obama, curiosamente acusado de ser “demasiado blando” en materia de baja de impuestos por el periodista Charles Gibson, que lo interpelaba con vehemencia porque él mismo gana ocho millones de dólares por año, se comprometió a no insistir con las bajas de impuestos de los contribuyentes que ganen menos de 200.000 dólares por año .
Sólo el 7% de los hogares estadounidenses dispone de un ingreso anual superior a los 150.000 dólares; el 18% recibe más de 100.000 dólares, y más del 50% gana ¡menos de 50.000 dólares! (10). Si existen demócratas que opinan que quienes perciben ingresos de alrededor de 200.000 dólares anuales todavía forman parte de la clase media y que por ende deben pagar menos impuestos, ¡pues entonces ya no se necesitan más republicanos!
Dicho de otro modo, Clinton y Obama son los emblemas de un progresismo estadounidense cuya ética política reprueba y combate las desigualdades que surgen del racismo y el sexismo con el mismo vigor con que, a la vez, ignora las desigualdades que no surgen de la discriminación sino de lo que solíamos llamar explotación. Como puede uno imaginarse, en la lucha sin piedad que ambos candidatos demócratas libran entre ellos no faltaron imputaciones de racismo de un lado y de sexismo del otro.

Cuestionar el sistema económico

En agosto de 1967, tres años después del voto del Civil Rights Act (11), cuando apenas empezaba el esfuerzo por llevar a la realidad los derechos que estas leyes garantizaban, Martin Luther King ya planteaba la pregunta: “¿Cuál será nuestra próxima etapa?”. El pastor era sin duda un gran dirigente de los derechos civiles, pero también era más que eso; los objetivos que le importaban iban más allá. Se trataba, como lo afirmó en la Southern Christian Leadership Conference, de comprender la presencia en Estados Unidos de 40 millones de pobres, lo cual conducía “a interrogar al sistema económico, a reclamar una mejor distribución de la riqueza, a cuestionar la economía capitalista”.
En Estados Unidos había por entonces (como hay hoy en día) más blancos pobres que negros pobres; King era perfectamente consciente de ello. Sabía que el antirracismo no podía resolver el problema de la desigualdad económica en la medida en que el racismo no constituía la fuente de dicha desigualdad. Era consciente también de que cualquier cuestionamiento de la verdadera causa, la “economía capitalista”, suscitaría una “oposición feroz”. Martin Luther King murió antes de poder llevar a cabo esa lucha, y la “oposición feroz” que él preveía no tuvo motivos para manifestarse dado que el cuestionamiento nunca tuvo lugar. Su lugar lo ocupó no sólo el antirracismo del movimiento de los derechos civiles, sino también la aparición de un feminismo, de luchas homosexuales y de “nuevos movimientos sociales”, enteramente compatibles con la “economía capitalista” a la que King pretendía oponerse.
Siempre es posible que Obama o Clinton retomen la bandera del combate que Martin Luther King esperaba librar, pero es poco probable. El neoliberalismo se acomoda sin ninguna dificultad a las cuestiones de raza y de género; los candidatos de la raza y del género parecerían estar devolviéndole el favor.

por Walter Benn Michaels

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